Fascismo

El fascismo es una ideología y un movimiento político que surgió en la Europa de entreguerras (1918-1939) creado por Benito Mussolini. El término proviene del italiano fascio (‘haz, fasces’), y éste a su vez del latín fasces (plural de fascis).

 

El proyecto político del fascismo es instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economía dirigista, mientras su base intelectual plantea la sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas o revanchistas que conducen a la violencia ya sea de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del régimen contra los que el Estado define como enemigos por medio de un eficaz aparato de propaganda, aunado a un componente social interclasista, y una negación a ubicarse en el espectro político (izquierdas o derechas), lo que no impide que habitualmente diferentes enfoques ideológicos proporcionen diferentes visiones del fascismo. Los ejemplos más comunes, se dan en la historiografía, la politología y otras ciencias sociales de orientación marxista, al ubicar al fascismo en la extrema derecha, vinculándolo con la plutocracia, e identificándolo algunas veces como una variante del capitalismo de Estado, o bien de orientación liberal, identificándolo como una variante chovinista del socialismo de Estado.

 

Se presenta como una «tercera vía» o «tercera posición» que se opone radicalmente tanto a la democracia liberal en crisis (la forma de gobierno que representaba los valores de los vencedores en la Primera Guerra Mundial, como Inglaterra, Francia o Estados Unidos, a los que considera «decadentes») como a las ideologías del movimiento obrero tradicional en ascenso (anarquismo o marxismo, este último escindido a su vez entre la socialdemocracia y el comunismo, que desde 1917 tenía como referente al proyecto de Estado socialista que se estaba desarrollando en la Unión Soviética); aunque el número de las ideologías contra las que se afirma es más amplio:

 

El fascismo tiene sus enemigos agrupados en estos tres frentes: el social-comunista, el demoliberal-masónico y el populismo católico.

 

Revista F. E. 1933

El concepto de «régimen fascista» puede aplicarse a algunos regímenes políticos totalitarios o de la Europa de entreguerras y a prácticamente todos los que se impusieron por las potencias del Eje durante su ocupación del continente durante la Segunda Guerra Mundial.

 

De un modo destacado y en primer lugar a la Italia fascista de Benito Mussolini, (1922) que inaugura el modelo y acuña el término; seguida por la Alemania del III Reich de Adolf Hitler (1933) que lo lleva a sus últimas consecuencias; y, cerrando el ciclo, la España Nacional de Francisco Franco que se prolonga mucho más tiempo y evoluciona fuera del periodo (desde 1936 hasta 1975). Las diferencias de planteamientos ideológicos y trayectorias históricas entre cada uno de estos regímenes son notables. Por ejemplo, el fascismo en la Alemania nazi o nacional-socialismo añade un importante componente racista, que sólo es adoptado en un segundo momento y con mucho menor fundamento por el fascismo italiano y el resto de movimientos fascistas o fascistizantes. Para muchos de estos el componente religioso (católico u ortodoxo según el caso) fue mucho más esencial, tanto que Trevor-Roper ha podido definir el término fascismo clerical (entre los que estaría el nacionalcatolicismo español).

 

Puede considerarse que el fascismo italiano es un totalitarismo centrado en el Estado:

 

El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo.

 

Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.

Mussolini

 

Mientras que el nazismo alemán está centrado en la raza identificada con el pueblo (Volk) o Volksgemeinschaft (interpretable como comunidad del pueblo o comunidad de raza, o incluso como expresión del apoyo popular al Partido y al Estado):

 

Ein Volk, ein Reich, ein Führer!       « ¡Un Pueblo, un Imperio, un Lider!»

 

También se pueden encontrar elementos del fascismo fuera del período de entreguerras, tanto antes como después. Un claro precedente del fascismo fue la organización Action Française (Acción Francesa, 1898), cuyo principal líder fue Charles Maurras; contaba con un ala juvenil violenta llamada los Camelots du Roi y se sustentaba en una ideología ultranacionalista, reaccionaria, fundamentalista católica (aunque Maurras era agnóstico) y antisemita. Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial reaparecieron movimientos políticos minoritarios, en la mayor parte de los casos marginales (denominados neofascistas o neonazis), que reproducen idénticos o similares planteamientos, o que mimetizan su estética y su retórica; a pesar de (o precisamente como reacción a) la intensa demonización a que se sometió a la ideología y a los regímenes fascistas, considerados principales responsables de la guerra que condujo a algunos de los mayores desastres humanos de la historia. En muchos países hay legislaciones que prohíben o limitan su existencia, sus actuaciones (especialmente el denominado delito de odio), su propaganda (especialmente el negacionismo del Holocausto) o la exhibición de sus símbolos.

 

Características y definición

 

El fascismo es una ideología política fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo, por ello exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase; suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único y los localismos en beneficio del centralismo; y propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta, denominada cuerpo social, formado por cuerpos intermedios y sus representantes unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a la sociedad.

 

Para ello el fascismo inculcaba la obediencia de las masas (idealizadas como protagonistas del régimen) para formar una sola entidad u órgano socioespiritual indivisible. El fascismo utiliza hábilmente los nuevos medios de comunicación y el carisma de un líder dictatorial en el que se concentra todo el poder con el propósito de conducir en unidad al denominado cuerpo social de la nación.

 

El fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Aprovecha demagógicamente los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplaza contra un enemigo común (real o imaginario, interior o exterior), que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de manera irreflexiva, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población. La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo. El fascismo es expansionista y militarista, utilizando los mecanismos movilizadores del irredentismo territorial y el imperialismo que ya habían sido experimentados por el nacionalismo del siglo XIX. De hecho, el fascismo es ante todo un nacionalismo exacerbado que identifica tierra, pueblo y estado con el partido y su líder.

 

El fascismo es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales.

 

Razón, voluntad y acción

 

Las conexiones del fascismo con movimientos intelectuales —artísticos como el futurismo y otras vanguardias y filosóficos, como el irracionalismo y el vitalismo— supusieron en realidad, más que su influencia, su utilización y manipulación, que fue atractiva —en mayor o menor medida, con mayor o menor grado de compromiso o simple contemporización, y a veces con evolución posterior en contra— para muchas personalidades destacadas: italianos como Gabrielle D’Annunzio, Filippo Tommaso Marinetti, Curzio Malaparte o Luigi Pirandello; alemanes como Martin Heidegger, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Wilhelm Furtwängler o Herbert von Karajan; franceses como Robert Brasillach, Louis-Ferdinand Céline o Pierre Drieu La Rochelle; españoles como Ernesto Giménez Caballero, Eugenio D’Ors, Agustín de Foxá, Pedro Laín Entralgo o Dionisio Ridruejo; noruegos como Knut Hamsun, rumanos como Mircea Eliade; y estadounidenses como Ezra Pound. En concreto en el caso de Alemania, ocurrió con tópicos culturales como el del Übermensch de Nietzsche, o incluso con las desviaciones pseudocientíficas justificadoras del racismo, como la eugenesia y el darwinismo social. La ciencia misma fue un principal objeto de consideración, encuadrada y subordinada de manera totalitaria al Estado y al Partido.

 

Como dice Isaiah Berlin, la Rebelión Romántica ha ido socavando los pilares de la tradición occidental ofreciendo como alternativa «la autoafirmación romántica, el nacionalismo, el culto a los héroes y los líderes, y al final… fascismo e irracionalismo brutal y la opresión de las minorías». En ausencia de reglas objetivas las nuevas reglas las hacen los propios rebeldes: «Los fines no son valores objetivos… Los fines no son descubiertos en absoluto, sino construidos, no se encuentran sino que se crean»… llega a inspirar la política del Estado: la ciencia aria consistía en un constructo social de modo que la herencia racial del observador «afectaba directamente la perspectiva de su trabajo». De ahí que los científicos de razas indeseables no resultarán admisibles y solo se podría escuchar a aquéllos que estuvieran en sintonía con las masas, el völk. La física debía ser reinterpretada para relacionarla no con la materia sino con el espíritu, descartándose así la objetividad y la internacionalidad de la ciencia.

 

La incoherencia de los postulados no era ningún inconveniente: el antiintelectualismo y el predominio de la acción sobre el pensamiento eran conscientemente buscados. Incluso la modernidad estética inicial se llegó a despreciar (arte nazi y concepto de Entartete Kunst o Arte degenerado, quema de libros, estigmatización de determinados intelectuales o de colectivos enteros). Para Stanley Paine, lo que caracterizaba el ideario falangista (el movimiento equivalente al fascismo en España, fundado en los años treinta por José Antonio Primo de Rivera y que se transformó en un más complejo Movimiento Nacional con la guerra civil y el franquismo) eran justamente «sus ideas vagas y confusas».

 

El fascismo rechaza la tradición racionalista y adopta posturas de desconfianza en la razón y exaltación de los elementos irracionales de la conducta, los sentimientos intensos y el fanatismo. Se busca con todo cinismo la simplificación del mensaje, con absoluto desprecio por sus destinatarios:

 

La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas… Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad.

Joseph Goebbels

Cualquier idea emanada del jefe es un dogma indiscutible, y una directriz a seguir ciegamente, sin discusión ni poder ser sometida a análisis. Se exaltan los valores de la virilidad, la camaradería y el compañerismo de los hermanos de armas, todo ello en sintonía con algunas tradiciones militaristas existentes en todos los ejércitos, pero que fueron exacerbados para su utilización por estados cuya conexión con el fascismo es más o menos estrecha. Serían los casos del ejército alemán, el japonés y los llamados militares africanistas españoles.

 

Nacionalismo de vencidos

 

Se suele indicar que una característica de los países donde triunfaron los movimientos fascistas fue la reacción de humillación nacional por la derrota en la Primera Guerra Mundial (se ha utilizado la expresión nacionalismo de vencidos), que impulsaba a buscar chivos expiatorios a quienes culpar (caso de Alemania), o la frustración de las expectativas no cumplidas (caso de Italia, defraudada por el incumplimiento del Tratado de Londres). En ambos casos, el resentimiento se manifestaba, en el plano internacional, en contra de los más claros vencedores (como Inglaterra, Francia o Estados Unidos); mientras que en el plano interno se volcaba contra el movimiento obrero (sindicalistas, anarquistas, comunistas, socialistas) o el peligro real o imaginado de una revolución comunista o incluso una Conspiración Judeo-Masónico-Comunista-Internacional, o cualquier otra fantasmagórica sinarquía oculta en cuya composición incluyera a cualquier organización que los fascistas juzgasen transnacional y opuesta a los intereses del Estado, como el capitalismo, la banca, la bolsa, la Sociedad de Naciones, el movimiento pacifista o la prensa. Sobre todo en el caso alemán, se insistía en la convicción de pertenecer a un pueblo o raza superior cuya postración actual se debe a una traición que le ha humillado y sometido a una condición injusta; y que tiene derecho a la expansión en su propio espacio vital (Lebensraum), a costa de los inferiores.

 

Componente social

 

La componente social del fascismo pretende ser interclasista y antiindividualista: niega la existencia de los intereses de clase e intenta suprimir la lucha de clases con una política paternalista, de sindicato vertical y único en que tanto trabajadores como empresarios obedezcan las directrices superiores del gobierno, como en un ejército. Tal es el corporativismo italiano o el nacionalsindicalismo español. El nacionalismo económico, con autarquía y dirección centralizada se adaptaron como en una economía de guerra a la coyuntura de salida de la crisis de 1929, con un importante nivel de proteccionismo. No obstante, no hubo en ningún sistema fascista ni planes quinquenales al estilo soviético, ni cuestionamiento de la propiedad privada siempre que cumpliera lo que el Estado dictaminara como «función social», ni alteraciones radicales del sistema capitalista convencional más allá de una fuerte intervención del mercado favoreciendo determinadas áreas de las grandes empresas industriales. Estas características sirven como base a una crítica (de orientación tanto liberal como materialista) que resalta la conveniencia del fascismo para un sector importante de la burguesía.

 

Desde ese punto de vista, se suele mantener que los movimientos fascistas de entreguerras fueron alimentados por las clases económicamente poderosas (por ejemplo la alta burguesía industrial o las familias conservadoras ricas), para oponerse a los movimientos obreros y a la democracia liberal. Esa tesis fue defendida en 1936 por el historiador Daniel Guérin (Fascismo y grandes negocios), en la que lo asocia a un complejo industrial-militar, expresión que sería posteriormente reutilizada para definir otros contextos, como el de la carrera de armamentos entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Noam Chomsky describe el fascismo como el sistema donde el Estado integra la mano de obra y el capital bajo el control de una estructura corporativa. Aunque la tesis que identifica al fascismo con un capitalismo de Estado corporativo (una economía altamente intervencionista que protege y financia a grandes empresas privadas) no siempre es sostenida ampliamente, hay muchos elementos que permiten la identificación de intereses entre fascismo y una cartelización del entrono económico-político. Así, por ejemplo, cuando se compara la estructura económica de la población entre países, en concreto el peso económico del 5% de la población con mayores ingresos en la renta nacional, mientras que en Estados Unidos disminuyó un 20% entre 1929 y 1941 (cifras similares para el noroeste de Europa), en la Alemania nazi aumentó un 15%.

 

Relación con el capitalismo y el socialismo

 

Según la doctrina tercerposicionista, el fascismo no es de izquierda ni de derecha, ni capitalista ni comunista, ya que el fascismo sería una idea totalmente original; sin embargo en la práctica más que una idea original sería una fusión sincrética de varias ideas políticas -proyectos, discursos, etc.- aglutinadas siempre bajo el nacionalismo unitario y el autoritarismo centralista.

 

Una de las razones de considerar usualmente al fascismo como un movimiento de derecha política suele ser la alianza estratégica del fascismo con los intereses de las clases económicas más poderosas, junto a su defensa de valores tradicionales como el patriotismo o la religiosidad, para preservar el statu quo. Lo que no tiene por qué estar en contradicción con su poco respeto por la libertad económica y la autonomía del mercado libre ni por ciertas características similares al socialismo estatalista o a la Doctrina Social de la Iglesia. También se han señalado parentescos, a nivel de política económica, entre el dirigismo económico del fascismo y la Sozialpolitik de Otto von Bismarck y el New Deal de Franklin Roosevelt. Aunque esta colaboración no existiera en un principio, o su apoyo se pueda calificar de tardío y parcial, una vez alcanzado el poder, la plutocracia cooperó decididamente con el fascismo en sus diversas versiones.

 

Por otra parte las razones para considerar que el fascismo tiene conexiones con la izquierda política y es una variante chovinista del socialismo de Estado, son su programa económico colectivista (proteccionismo, nacionalización, etc.) y discurso político, más no como movimiento o proyecto doctrinario (donde eran antagónicos). El fascismo y sus variantes apelaban al sentimiento popular y las masas como las protagonistas del régimen, especialmente por la virilidad exaltada en el trabajo manual y obrero (obrerismo); a pesar de ello no reconocía la libertad de asociación por motivos de clase (libertad sindical) sino la identificación de los trabajadores como «súbditos» del Estado, «pueblo» y «patria», por ello su símil con el populismo.

 

El programa económico del fascismo toma importantes criterios de la Nueva Política Económica (NPE), que Lenin aplicó luego del fracaso en la implantación del comunismo en Rusia, que consistía en recurrir al capitalismo para fortalecer la economía nacional. La idea, en el caso de Mussolini (exmilitante socialista), era usar a los capitalistas industriales para implantar en conjunto con el gobierno el corporativismo nacionalista y totalitario. Esta paradoja es explicable ya que el corporativismo, el proyecto político del fascismo, haría que todos los sectores de la sociedad deban obligatoriamente integrarse y trabajar unificadamente al mando del gobierno, por lo que esta corporación incluiría aspectos considerados normalmente «capitalistas» y «socialistas».

 

Según el economista austriaco Ludwig von Mises la raíz del fascismo, en sus diferentes vertientes, se encuentra en las ideas colectivistas del socialismo y más propiamente como una escisión patriótica del marxismo, que comparte las tesis del rechazo al mercado libre, la sociedad burguesa, el gobierno limitado y la propiedad privada y en la exaltación de un sector de la sociedad como el elegido por «la historia» para dirigir las vidas del resto de la sociedad que por «razones históricas» está permitido de vulnerar el principio de igualdad ante la ley al reclamar «derechos especiales» sobre los demás (ej. clasismo, racismo, sexismo, etc.). El fascismo apenas variaría, en la práctica, sobre qué grupo y cómo se debería administrar la propiedad expoliada a los individuos. Posteriormente Friedrich Hayek sostendrá que el intervencionismo conlleva progresivamente a una economía centralizada similar al fascismo.

 

Por otra parte, las ventajas que los nuevos regímenes le proporcionaban a la plutocracia eran evidentes: eliminaba la posibilidad de revolución social obrera, suprimía los sindicatos reivindicativos y mantenía otras restricciones en las relaciones capital-trabajo, legitimando el principio de liderazgo en la empresa; al suprimir la libre competencia permitía crear cárteles oligopólicos de empresas favorecidas con millonarios contratos estatales o subsidiadas por el gobierno como «incentivos» a la producción nacional. Además, de su indudable éxito en respuesta a la Gran Depresión, al menos en el corto plazo. La sensación de estabilidad era muy marcada: Mussolini había conseguido que los trenes funcionaran con puntualidad (tras el famoso incidente de uno de sus primeros viajes como Duce, en el que supuestamente mandó fusilar a un maquinista). El que esa sensación de estabilidad corresponda o no con una real eficacia es secundario, y de hecho parece que la puntualidad ferroviaria (y quizá también el incidente del maquinista) era más bien un mito.

 

Origen de sus líderes

 

Lo mismo puede decirse del origen personal de algunos de sus miembros, empezando por el propio Mussolini, que antes del término de la Primera Guerra Mundial, era un importante ideólogo obrerista y militante socialista. El origen social de los líderes fascistas en distintas partes de Europa fue muy diferente: a veces aristocrático (Starhemberg, Mosley, Ciano), a veces proletario (Jacques Doriot y el PPF francés); muchas veces militares (Franco, Pétain, Vidkun Quisling, Szálasi, Metaxas), o juristas (José Antonio Primo de Rivera, Ante Pavelić, Oliveira Salazar). Los casos más destacados, los propios Hitler y Mussolini, eran fuertes personalidades de oscuro origen, desclasados e inadaptados, pero de irresistible ascensión. Sus militantes salían de entre los estudiantes (muy abundantes en la Guardia de Hierro rumana o el rexismo belga), de los pequeños propietarios campesinos, de los desempleados urbanos y, sobre todo, de la temerosa pequeña burguesía empobrecida o amenazada por la crisis y atemorizada por el avance del comunismo y el desorden público. Las capas medias y medias bajas fueron la espina dorsal del fascismo.

 

Agrarismo, natalismo y virilidad

 

Es propio de los movimientos fascistas, tanto en la retórica como en ciertos programas económicos y sociales, la identificación con la tierra y los valores campesinos frente a la decadencia y corrupción que se denuncian en las masas urbanas desarraigadas, lo que a veces se veía como una tensión entre modernidad y tradición. Una constante es la colonización planificada de zonas improductivas (desecación de pantanos en Italia, Plan Badajoz en España). Incluso en la industrializada Alemania, Hitler planteó la expansión del espacio vital (Lebensraum) hacia el este como un proyecto esencialmente de colonización agraria que lograría la germanización de extensos territorios en la Europa oriental poblada por la raza inferior de los eslavos (recuperando la Drang nach Osten medieval).

 

Los valores familiares tradicionales eran fomentados, insistiendo en la necesidad de mantener altas tasas de natalidad y fecundidad. Las familias numerosas eran premiadas, siguiendo una política natalista, retóricamente conectada con la virilidad agresiva del expansionismo militar. El papel laboral de la mujer, que había sido imprescindible en la Primera Guerra Mundial, había fomentado un precoz feminismo que estaba consiguiendo en muchos países la principal reivindicación sufragista: el sufragio femenino. La imagen del ejército de parados que no encuentran trabajo mientras que algunas mujeres sí era explotado como un factor de resentimiento social contra las opiniones progresistas. El encuadramiento social impulsado por los regímenes fascistas ponía a cada sexo en lo que se entendía que era su sitio: la mujer dedicada al hogar y a la crianza de la mayor cantidad posible de hijos, y el hombre al trabajo y a la guerra, y no consentía lo que se definía como desviación homosexual (alguna duda en ese sentido, como las presuntas orgías internas de las SA, fueron una de las excusas utilizadas en su descabezamiento —Noche de los cuchillos largos—).El lenguaje simbólico fascista es sexualmente explícito: se le ha definido como un anti-eros que combate contra el propio cuerpo y contra todo lo que represente disfrute y placer, en una compulsión física que asocia masculinidad con dureza, destrucción y auto-negación.

 

La mejora de la raza no sólo implicaba la pureza racial evitando el mestizaje, sino que también debía ser interna a ésta, incluyendo la eugenesia (en el caso de Alemania también la eutanasia) aplicada a los subnormales y otros discapacitados, en un movimiento que no era originario de los países con régimen nazi o fascista, sino del ámbito cultural anglosajón, y que se popularizó en muchos otros (Suecia, Australia o los Estados Unidos).

 

Raza, etnia e identidad

 

El fascismo tuvo una base racial en Alemania, aunque no en Italia (al menos inicialmente, hasta 1938); los nazis construyeron una amalgama ideológica de gran eficacia movilizadora a partir de fuentes mitológicas y literarias y supersticiones de carácter romántico, así como de los textos clásicos dedicados a consagrar la desigualdad de las razas y de publicaciones y panfletos de carácter ocultista; destacando dos elementos: el mito de la raza aria superior de origen nórdico (que mezcla la hipótesis filológica de la existencia de un pueblo indoeuropeo original con la pseudocientífica teoría nórdica, sustentada por algunos autores como Houston Stewart Chamberlain) y el antisemitismo (que se había reavivado desde la divulgación de los Protocolos de los Sabios de Sion, falsificados para la justificación de los pogromos de la Rusia zarista). El antisemitismo estaba presente en muchos países de Europa central y oriental desde la Edad Media, y fue uno de los elementos que se utilizaron en los mismos para el surgimiento endógeno de movimientos fascistas. A ello se sumó la ocupación nazi y los gobiernos colaboracionistas impuestos, que explotaron a conciencia ese sentimiento para su propia conveniencia. El resultado fue que en muchas ocasiones los verdugos de las SS eran superados en crueldad por soldados de países aliados, a los que tenían que contener (por ejemplo en Rumanía), o se producían matanzas espontáneas de judíos a cargo de la población local, como la llamada matanza de Jedwabne en Polonia.

 

El racismo entendido en su expresión puramente biológica, es decir, la intelectualización de la supremacía racial, no está presente en todos los movimientos fascistas, además de estar presente en otros contextos cuya relación con el fascismo es más controvertida, como el supremacismo blanco en Estados Unidos o el apartheid en Sudáfrica. Lo que sí aparece como una constante del fascismo, y para muchos autores lo caracteriza de racismo, es la concepción de la etnicidad como elemento identitario. Esa identidad étnica puede expresarse de otras formas, como las que atienden al origen geográfico (caso de la xenofobia de los movimientos neofascistas o neonazis que se oponen a la inmigración en muchos países europeos desde finales del siglo XX), la religión (fundamental para el fascismo francés, belga, croata o español, y más adelante en el conflicto de Irlanda del Norte o los casos de limpieza étnica que se han dado en las Guerras yugoslavas) o el idioma.

 

Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Fascismo es, pues, racista por definición.

Umberto Eco

 

En Italia se dio a partir de 1924 un fuerte proceso que se denominó Italianización fascista que pretendía homogeneizar toda diferencia idiomática y cultural, acabando con cualquier minoría por asimilación o absorción (en vez de por exterminio como ocurrió en el Holocausto nazi).

 

En el caso español existió una expresión ideológica hispanista —que no debe confundirse con el hispanismo de los estudiosos extranjeros de la lengua y cultura española—, que en algunas ocasiones se ha definido como panhispanismo, y que no puede definirse como un racismo sensu stricto, aunque sí una hipervaloración de las características étnicas, religiosas, culturales e idiomáticas identificadas con lo español, sobre todo en relación con su expansión por América. Fue mantenida particularmente por las élites sociales de varios países hispanoamericanos, destacadamente en Argentina, y se expresó en el concepto de Hispanidad (vocablo en desuso a principios del siglo XX pero recuperado por el sacerdote vasco emigrado a Argentina Zacarías de Vizcarra —La Hispanidad y su verbo, 1926— y divulgado por Ramiro de Maeztu —Defensa de la Hispanidad, 1934—). Se llegó a instituir el 12 de octubre como fiesta del Día de la Hispanidad, que ya venía celebrándose con el inequívoco nombre de Día de la Raza desde 1915 (a iniciativa de Faustino Rodríguez-San Pedro) y que se extendió por Hispanoamérica. Las ideas o más bien tópicos de Raza, Hispanidad e Imperio eran indistinguibles en la retórica de la Falange Española que heredó el Franquismo, y el propio Franco escribió el guion de la película Raza (1941), cuyos elementos ideológicos más incómodos (por su evidente identificación con los fascismos derrotados en 1945) se autocensuraron en posteriores montajes. Otro elemento fue aún más étnicamente excluyente: el de antiespaña, que definía como antiespañol a todos los elementos que se consideraban nocivos y que degeneraban la raza (rojos, masones y separatistas). Hubo incluso un programa pseudocientífico, a cargo del coronel-psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, que pretendía identificar y suprimir el gen rojo, con participación de miembros de la Gestapo en el bando sublevado durante la Guerra Civil. El nuevo clima intelectual y político posterior a la derrota del Eje hizo abandonar discretamente estas posturas, por otras que insistían en la retórica de la misión evangelizadora y el mestizaje como rasgos de «lo español».

 

Totalitarismo, estatización y liderazgo

 

El fascismo es un movimiento totalitario en la medida en que aspira a intervenir en la totalidad de los aspectos de la vida del individuo. Hannah Arendt entendía que la masificación de la sociedad contemporánea llevaba al individuo a la soledad, el terreno propio del terror, la esencia del gobierno totalitario. El fascismo se legitima afirmando la dependencia del individuo respecto al Estado, liberándole de esa manera de su miedo a la libertad (expresión de Erich Fromm). Su individualidad no tiene sentido, porque la realización de una persona sólo se entiende dentro de los vínculos sociales de los que el Estado es la culminación. Cualquier forma de acción individual o colectiva ajena a los fines del Estado es rechazada. No existen derechos individuales ni colectivos.

 

Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.

Mussolini

 

Se lleva a cabo una «estatización» de todos los ámbitos de la vida: económica, social, política, cultural e ideológica. El encuadramiento social se efectúa con todos los medios de la propaganda, con adopción de uniformes y lenguaje militar y uso masivo de los símbolos y lemas patrióticos y adoctrinantes. Las grandes concentraciones y movilizaciones colectivas de todo tipo buscan formar la conciencia unitaria, llegando a extremos curiosos (como el día de comer patatas que se instauró en Alemania).

 

El fascismo desdeña las instituciones del Estado republicano y sustituye el voto como expresión de la voluntad popular por las expresiones masivas de apoyo al líder. La identificación de pueblo y estado se hace en un todo orgánico, el de un organismo cuasi-biológico y autónomo cuyos miembros han de responder a las órdenes de la mente directora. Esta identificación también está presente en la ideología del Integralismo, iniciada en Portugal y desarrollada en Brasil. El adjetivo orgánico se utilizará profusamente en las últimas etapas del franquismo (definido como una democracia orgánica). Hitler utilizaba el plebiscito como arma en las relaciones internacionales: sus grandes decisiones son apoyadas por plebiscitos de apoyo masivo utilizados como amenaza: el líder fascista se presenta como portavoz de la nación unificada que habla con una sola voz. Esto refuerza otro de sus elementos principales: el «liderazgo carismático». El líder es casi divino y su liderazgo no es racional: Führer, Duce, Poglavnic, Caudillo, etc. Mussolini opuso a los principios de la Revolución francesa de «libertad, igualdad y fraternidad» la consigna: «creer, obedecer y combatir».

 

Imperialismo, militarismo y violencia

 

Otro de los rasgos clásicos del fascismo es el imperialismo, entendido como una política exterior expansiva y agresiva, que proporciona una útil identificación de intereses en el interior, volcando las energías hacia un enemigo común evitando la expresión de los conflictos internos.

 

Generalmente se apoya en reivindicaciones irredentistas, concretas o genéricas, próximas en el tiempo o lejanas, tomadas de mitos del pasado, lo que refuerza su carácter romántico, más de religión que de ideología. Su relación con la realidad histórica es contradictoria, buscándose la intemporalidad. En el integralismo y el falangismo se sublima el futuro utópico, a crear por el Estado Novo (Estado Nuevo, en Portugal o Brasil) donde el hombre nuevo, portador de valores eternos, tendrá su expresión en la unidad de destino en lo universal. En el nazismo y el fascismo italiano se insiste en recuperar el esplendor de un pasado mítico, y también las denominaciones de sus regímenes aluden a eso (el III Reich, la Terza Roma, la Tercera Civilización Helénica). El expansionismo hacia el exterior es considerado como una necesidad vital, casi orgánica: el lebensraum o espacio vital hacia el Este para Alemania, o el Imperio mediterráneo para Italia. Franco diseñó unas Reivindicaciones españolas, que exhibió ante Hitler en su famosa entrevista de Hendaya del año 1941.

 

Las relaciones internacionales, basadas en la renuncia a la guerra, que se querían construir desde la Sociedad de Naciones, eran despreciadas; al igual que el pacifismo, considerado débil y decadente. El fascismo sólo concibe un estado de naturaleza hobbesiano con la imposición y expansión del más fuerte.

 

La vinculación de las dictaduras y los regímenes militares con el fascismo es un asunto controvertido, pues todo régimen impuesto por la fuerza suele ser acusado de fascismo, fundamentalmente a efectos polémicos, igual que se les califica de tiranías. Aunque no todo gobierno militar es fascista, ni los fascismos alcanzaron siempre el poder de manera violenta, sí que se caracterizaron por sus actividades violentas antes y después de su toma del poder, y por su desprecio explícito por la legalidad institucional. La violencia tiene un valor positivo para el movimiento fascista: es una fuerza de cambio, al igual que la juventud, que también es exaltada. Se utilizaban todo tipo actividades intimidatorias: desde las purgas con aceite de ricino (habituales en los fasci di combattimento antes de la marcha sobre Roma), los destrozos de mobiliario o tiendas (noche de los cristales rotos contra los judíos alemanes) o las palizas; hasta el asesinato de los adversarios políticos o de los objetivos considerados enemigos sociales. Se aplicaba extensivamente la expresión de José Antonio Primo de Rivera la dialéctica de los puños y de las pistolas. Los agentes ejecutores podían ser los aparatos del Estado, pero más frecuentemente fueron grupos juveniles organizados paramilitarmente.

 

Una vez generalizada, y demostrada la impunidad de quienes la ejercen, la represión política opera como un mecanismo por el cual no solamente el que la recibe directamente pierde la libertad: sino que la sociedad entera —al reprimirse cada uno de sus miembros a sí mismo, temeroso de sufrir el mismo castigo— pierde la libertad para todos.

 

Cristianismos y fascismo

 

Iglesia Católica

 

Es muy controvertido el papel de la Iglesia católica al respecto. La intervención de los católicos en política había dado origen a partidos confesionales católicos como el Zentrum (Partido del Centro o Centro Católico de Heinrich Brüning en Alemania, con especial presencia en Baviera, donde tuvo una escisión, el Bayerische VolksPartei (Partido Popular de Baviera), y el Partito Popolare Italiano (Partido Popular Italiano de Don Sturzo y Alcide De Gasperi); ambos reprimidos por nazis y fascistas respectivamente. En Italia, el Vaticano promovió la sustitución de la militancia en el prohibido Partito Popolare por la de Acción Católica, cuya finalidad política era más discreta. Más adelante, el deseo de Mussolini de prohibir ésta fue frustrado por la encíclica papal Non Abbiamo Bisogno (No tenemos necesidad, 1931).

 

El mismo papa, Pío XI, que había condenado el agnosticismo de Maurras (1926), e incluso excomulgado a los miembros de Action Française (1927), tuvo no obstante una relación pública con Mussolini que podía verse como cálida (Pactos de Letrán, calificación de hombre enviado a nosotros por la Providencia, petición de voto a los fascistas en las elecciones de 1929), al tiempo que condenaba en la encíclica Dilectissima nobis el laicismo agresivo de la Segunda República Española; aunque se ha llegado a encontrar un apunte suyo en un diario secreto describiendo su oposición íntima a nazismo y fascismo.

 

Pío XII siempre se ha visto como un personaje más tibio, menos expansivo y más contemporizador. Especialmente sus relaciones con Alemania (que conocía bien por haber sido allí nuncio apostólico) se han llegado a calificar de complicidad, especialmente por no condenar de modo claro el régimen nazi y la persecución de judíos desde un primer momento. No obstante, la encíclica Mit brennender Sorge (Con viva preocupación, de 14 de marzo de 1937), que redactó para Pío XI siendo aún solamente el Cardenal Pacelli, y que se leyó en las 11.000 iglesias católicas alemanas, contiene una alusión en términos genéricos a cuestiones que pueden interpretarse como alusiones al fascismo, nazismo o totalitarismo equiparándolos con la idolatría:

 

Todo el que tome la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma determinada del Estado, o los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana […] y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios.

La identificación de Pío XII y la iglesia católica española (sometida a una violentísima represión que llegó a calificarse de persecución religiosa) con el bando sublevado en la Guerra Civil Española (calificada de Cruzada) y el régimen franquista posterior fue explícito (Carta colectiva de los obispos españoles, Concordato español de 1953), llegándose a acuñar el término nacionalcatolicismo para definir uno de sus rasgos ideológicos y una de las principales familias que le sustentaban. También se levantó la excomunión a Action Française (1939). Entre tanto, importantes intelectuales franceses católicos anteriormente cercanos a ese movimiento, como Georges Bernanos y Jacques Maritain, se habían distanciado de él y pasaron a oponerse al fascismo.

 

La postura del Vaticano en la Segunda Guerra Mundial comenzó por una débil condena de la invasión de Polonia (país fuertemente católico) que los aliados consideraron demasiado cautelosa. El mantenimiento de una postura neutral y los intentos de mediación fueron interpretados como un apoyo oculto a Alemania, al marginar en ellos a Estados Unidos y la Unión Soviética. De hecho, desde el Vaticano se atribuye a la propaganda soviética el mantenimiento de esta acusación. También ha causado algunos problemas con las relaciones entre el Vaticano y el estado de Israel.

 

Tras la derrota de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial, muchos criminales de guerra huyeron a Suiza y a Argentina con la ayuda de religiosos católicos (algunos con pasaportes del Vaticano y disfrazados de sacerdotes). Como también la iglesia católica ayudó a judíos, y personas de todas las nacionalidades recibieron salvoconductos, se especula con que el Vaticano tuviese algún conocimiento respecto a la situación de las minorías religiosas y étnicas dentro de Alemania e Italia antes del final de la guerra, a diferencia de otros gobiernos aliados. Tal situación se ha considerado en algunos casos como ejemplo de una actitud de la Iglesia comprometida con los perseguidos; en otros casos se ha criticado que, teniendo noticia de las atrocidades que se cometían, no condenase expresamente los regímenes nazi y fascista durante la guerra. También se ha investigado la relación de monasterios y otras instituciones católicas con el trabajo esclavo al que se sometió a distintos colectivos.

 

En 1998 el papa Juan Pablo II realizó una autocrítica de la postura del Vaticano ante el Holocausto, pidiendo perdón; aunque defendió a Pío XII, cuyo proceso de beatificación inició al mismo tiempo.

 

Iglesias protestantes

 

La actitud de los cristianos bajo el nacionalsocialismo, tanto los católicos como los protestantes, fue particularmente delicada. Entre los pastores luteranos hubo muchas adhesiones —3.000 de entre 17.000— a los pronazis Deutsche Christen (Cristianos Alemanes, 1932) y la Deutsche Evangelische Kirche (Iglesia Evangélica del Reich, 1933) dirigida por el obispo Ludwig Müller. Se intentaba conseguir una Positives Christentum (Cristiandad Positiva) que purgase el Cristianismo de influencias judías. Se aceptó la aplicación a los clérigos y sus esposas de la legislación de pureza racial aria. Otros mantuvieron una postura crítica (Dietrich Bonhoeffer fue encarcelado por su oposición y más tarde ejecutado por considerarle relacionado con el atentado contra Hitler de 1944), especialmente el movimiento conocido como la Bekennende Kirche (Iglesia Confesante, 1934); y muchos un distanciamiento prudente. Es famosa la respuesta de uno de sus miembros, Martin Niemöller, a la pregunta de cómo pudieron consentir la ascensión del nazismo:

 

Primero vinieron por los comunistas, pero como yo no era comunista no levanté la voz. Luego vinieron por los socialistas y los sindicalistas, pero como yo no era ninguna de las dos cosas, tampoco alcé la voz. Después vinieron por los judíos, y como yo no soy judío, tampoco levanté la voz. Y cuando vinieron por mí, ya no quedaba nadie que alzara la voz para defenderme.

 

El fascismo italiano

 

A finales del siglo XIX existían en Italia algunas organizaciones denominadas fascio (traducible por haz, significando la fuerza de la unión), de la que la más importante era el Fasci Siciliani (fascio siciliano, 1895-1896). No eran muestra de una ideología uniforme, aunque predominaban los componentes nacionalistas y revolucionarios. Surgiendo del movimiento obrero, dividido al comienzo de la Primera Guerra Mundial entre el internacionalismo pacifista y el nacionalismo irredentista, se crearon el 1 de octubre de 1914 los Fasci d’Azione rivoluzionaria internazionalista en reivindicación de la entrada de Italia en el conflicto en contra de los Imperios Centrales. Fusionado con el Fasci autonomi d’azione rivoluzionaria se redenominó como Fasci d’azione rivoluzionaria, ya dirigido por Benito Mussolini, y conocido como Fascio de Milán. El 24 de enero de 1915 se formó una organización nacional.

 

En 1919, terminada la guerra, las expectativas territoriales quedaron frustradas por el Tratado de Saint-Germain-en-Laye (el equivalente para Austria del Tratado de Versalles). El poeta Gabrielle D’Annunzio llevó a cabo una aventura militar que acabó en la creación del Estado libre de Fiume y la redacción de una constitución que puede entenderse como precedente inmediato del fascismo. Entre tanto, con un país empobrecido y un gobierno débil, Mussolini refundaba la organización de Milán con el nombre de Fasci italiani di combattimento (Fascios italianos de combate), que empezaron a destacar por su lucha callejera contra huelguistas, izquierdistas y otros enemigos políticos y sociales. El temor ante una revolución similar a la rusa de las clases medias y la alta burguesía italiana vio en los fascistas de Mussolini la mejor arma para desarticular los movimientos obreros organizados. Sus partidarios se fueron encuadrando de manera paramilitar como Camisas Negras. Entre sus dirigentes fundadores había intelectuales nacionalistas, ex-oficiales del ejército, miembros del cuerpo especial Arditi y jóvenes terratenientes que se oponían a los sindicatos de obreros y campesinos del entorno rural. El 7 de abril de 1921 se convertirían en partido político con el nombre de Partito Nazionale Fascista (Partido Nacional Fascista, PNF), caracterizado por su oposición a liberalismo y comunismo. En 1922, en la Marcha sobre Roma, Mussolini obligó al rey de Italia, Víctor Manuel III, a entregarle el poder, que detentó con el título de Duce (caudillo, que ya había usado D’Annunzio).

 

El asesinato el 11 de junio de 1924 de Giacomo Matteotti, diputado socialista y principal voz crítica en el Parlamento tras las elecciones del 6 de abril (ganadas con pocos escrúpulos por los fascistas, tras una previa alteración de la ley electoral —Ley Acerbo—), inauguró un periodo de gobierno totalmente ajeno a las instituciones parlamentarias, que no obstante continuaron funcionando formalmente, así como la figura del rey (que según sus propias palabras, quedó conforme con permanecer sordo y ciego). La responsabilidad fue cínicamente asumida por el propio Mussolini con una figura retórica que fue muy imitada posteriormente:

 

Se il fascismo è stato un’associazione a delinquere, io sono il capo di questa associazione a delinquere! (¡Si el fascismo ha sido una asociación para delinquir, yo soy el jefe de esa asociación para delinquir!)

 

En 1928 se prohibieron todos los partidos, excepto el PNF. La estructuración doctrinal, que no había sido considerada necesaria, también fue tardía. En 1927 se promulgó la Carta del Lavoro (adaptada en España como Fuero del Trabajo). En 1932 se publicó en la Enciclopedia Italiana el artículo Fascismo, atribuido al propio Mussolini aunque en realidad escrito por Giovanni Gentile. Editado separadamente como La Doctrina del Fascismo (La Dottrina del Fascismo), fue traducido a varios idiomas. En abril de 1940 (ya durante la Segunda Guerra Mundial) se pretendió destruir todos los ejemplares, como consecuencia del cambio de postura del Duce sobre algunos puntos del texto.

La política económica tampoco tuvo una orientación clara, entre un inicial respeto por el libre mercado y un claro dirigismo posterior. La política monetaria a veces sólo obedecía al prestigio de mantener una lira fuerte. No obstante, siempre gozó del apoyo de la poderosa patronal Confindustria, con cuyo acuerdo, sobre todo a partir del Pacto Vidoni (2 de octubre de 1925), se establecieron los elementos principales del régimen corporativo, muy restrictivo para las actividades sindicales (ilegalización de los sindicatos libres, del derecho de huelga, encuadramiento obligatorio de los trabajadores en el movimiento fascista -1926-). La misma Confindustria llegó a estar dirigida por el destacado fascista Giuseppe Volpi en los últimos años del régimen (de 1934 a 1943).

 

Las dificultades económicas debidas a la Gran Depresión empujaron al régimen de Mussolini a la expansión exterior, con la invasión de Etiopía (1935) y la intervención en la Guerra Civil Española, con ambiciones de resucitar un imperio Mediterráneo que tendría su continuación en la invasión de Albania (1939), ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. El seguidismo frente a la Alemania nazi no podía ocultarse, e incluso se mimetizaron rasgos como el racismo (Manifesto della razza, Manifiesto de la raza, 14 de julio de 1938). La invasión de Sicilia y el sur de Italia por los aliados provocaron la destitución del Duce por el Gran Consejo Fascista (General Badoglio), aunque la intervención alemana le rescató por algunos meses en que se constituyó una efímera República de Saló en el norte. Su actividad legislativa, limitada a los últimos meses de la guerra, tuvo un planteamiento socioeconómico teórico que se ha denominado socialización fascista (Manifiesto o Carta de Verona de 14 de noviembre de 1943).

 

Difusión del modelo en otros países

 

País Partido único inicio final
Alemania NSDAP 1933 1945
Austria Frente Patriótico 1934 1938
Croacia Ustaše 1941 1944
Eslovaquia Partido Popular Eslovaco de Hlinka 1939 1945
España FET y de las JONS 1939 1975
Grecia No había (régimen autoritario). 1936 1941
Hungría 20px Partido de la Cruz Flechada 1944 1945
Italia (Reino) Partido Nacional Fascista 1922 1943
Italia (República Social) Partido Fascista Republicano 1943 1945
Japón Taisei Yokusankai 1940 1945
Paraguay Partido Colorado 1947 1962
Portugal União Nacional 1933 1974
Rumanía Guardia de Hierro 1940 1941
San Marino Partido Fascista Sanmarinense 1926 1944

 

Esta era de las catástrofes conoció un claro retroceso del liberalismo político, que se aceleró notablemente cuando Adolf Hitler asumió el cargo de canciller de Alemania en 1933. Considerando el mundo en su conjunto, en 1920 había treinta y cinco o más gobiernos constitucionales y elegidos (según como se califique a algunas repúblicas latinoamericanas), en 1938, diecisiete, y en 1944, aproximadamente una docena. La tendencia mundial era clara.

 

… no todas las fuerzas que derrocaron regímenes liberales eran fascistas… el fascismo, primero en su forma italiana original y luego en la versión alemana del nacionalsocialismo, inspiró a otras fuerzas antiliberales, las apoyó y dio a la derecha internacional una confianza histórica. En los años treinta parecía la fuerza del futuro.

Eric J. Hobsbawm La caída del liberalismo

 

La ideología y los regímenes fascistas tuvieron eco en casi todos los países europeos y algunos sudamericanos.

 

De una manera mucho más evidente surgieron a semejanza del Fascio italiano organizaciones caracterizadas por lo que puede denominarse liturgia o parafernalia fascista: los despliegues de masas, organizados y disciplinados, el saludo romano brazo en alto, los símbolos y lemas, la presencia callejera agresiva, la utilización de correajes paramilitares y uniformes, en particular las camisas de un determinado color: negras (Italia, SS en Alemania, Inglaterra, Finlandia) pardas (SA en Alemania), azules (España, Francia, Irlanda, Canadá, China), verdes (Rumanía, Hungría, Brasil) doradas (México) o plateadas (Estados Unidos).

 

No se produjo una homogeneidad total entre los distintos movimientos y regímenes fascistas, que de hecho insistían en enfatizar las peculiaridades nacionales, su originalidad y su raíz endógena. Por otro lado, ocurrió en algunas ocasiones que rivalizaron violentamente partidos de filiación nazi y fascista dentro del mismo país (caso de Austria). En cuanto a las relaciones internacionales, las vicisitudes del equilibrio europeo llevaron a un entendimiento estratégico entre Hitler y Mussolini, pero bien podía haber sucedido de otra manera, y de hecho así lo intentó explícitamente la diplomacia británica. En otros casos, se mantuvo una neutralidad benévola que no ocultaba las simpatías (España hacia el Eje, Portugal hacia Inglaterra), o el enfrentamiento abierto contra otro régimen fascista (caso de Grecia).

 

Grecia

 

En Grecia, el General Ioannis Metaxas estableció un régimen de carácter fascista el 4 de agosto de 1936. El régimen del 4 de agosto o Tercera Civilización Helénica (paráfrasis del III Reich) se designa habitualmente como el Fascismo Griego. Tenía muchos paralelismos con el fascismo alemán e italiano: militarismo, saludo romano, intervencionismo, doctrina racista y nostalgia por las glorias pasadas del país, símbolo clásico (se eligió el labrys o doble hacha), organización juvenil (Ethniki Organosis Neolaias —Organización Nacional de Juventudes, EON—); aunque algunas características propias lo distancian. La posición internacional de Grecia, aliada a Inglaterra y opuesta al expansionismo italiano en los Balcanes, provocaron la Guerra Greco-Italiana de 1941 en que los griegos resistieron inicialmente con éxito: un caso peculiar de enfrentamiento de dos fascismos.

 

La muerte de Metaxas y la victoria alemana tras las duras batallas de la Operación Marita inició un periodo de ocupación. Se crearon organizaciones de corte nazi y antisemita, como el EEE (Ethniki Enosis Ellas), el EKK (Ethnikon Kyriarchon Kratos), el Partido Nacional Socialista Griego (Elliniko Ethnikososialistiko Komma, EEK) liderado por George S. Mercouris, la ESPO (Organización Patriótica Helénica Socialista) y la Sidira Eirini (Paz de Hierro). Los alemanes confiaron la administración a gobiernos colaboracionistas locales, presididos por Georgios Tsolakoglou, Konstantinos Logothetopoulos y Ioannis Rallis, que llegó a crear los Tágmata Asfalías (Batallones de Seguridad) para oponerse a la guerrilla comunista del Ellinikos Laïkos Apeleftherotikos Stratos (ELAS), que se estaba haciendo muy activa, con lo que el final de la guerra mundial se convirtió para Grecia en una Guerra Civil griega.

 

Hungría

 

Tras los violentos años posteriores a la Primera Guerra Mundial que disolvió el Imperio Austro-Húngaro, que incluyeron una efímera revolución comunista (República Soviética Húngara de Béla Kun) en medio de una guerra civil y una intervención militar rumana, el Reino de Hungría (1920 – 1945) estuvo bajo la regencia de Miklós Horthy. Se instauró un régimen autoritario y con marcado carácter nacionalista, anticomunista y antisemita, que se alió a las potencias del Eje al comenzar la Segunda Guerra Mundial.

Con un carácter más inequívocamente fascista, Ferenc Szálasi fundó en 1935 un Partido de la Voluntad Nacional, pero fue ilegalizado dos años más tarde por su radicalismo violento. Tuvo sus orígenes en la filosofía política de los extremistas pro-alemanes como Gyula Gömbös, que acuñó el término nacional socialismo en los años veinte, y que había llegado a ser primer ministro con Horthy. Unificado con otros partidos similares, como el Partido Nacional Socialista de Obreros y Campesinos Húngaros (fundado en 1933 y que se conocía como camisas verdes), el partido fue reconstituido en 1939 con el nombre de Partido de la Cruz Flechada o Movimiento Hungarista (Nyilaskeresztes Párt – Hungarista Mozgalom) bajo el modelo explícito del partido nazi alemán. Su iconografía estaba claramente inspirada en la de los nazis: el emblema de la Cruz flechada era un antiguo símbolo tribal magiar que representaba la pureza racial de los húngaros de modo similar a como la esvástica hacía lo propio para la raza aria. Gobernó Hungría desde el 15 de octubre de 1944 hasta enero de 1945, destacando por su actividad antisemita en los últimos momentos de la llamada solución final. Tras la guerra, Szálasi y otros líderes del partido fueron juzgados como criminales de guerra por los tribunales húngaros, condenados a muerte y ejecutados.

 

Croacia

 

La descomposición del Imperio Austro-húngaro y la necesidad de reconocimiento a Serbia, llevó a los vencedores de la Primera Guerra mundial a la creación en 1918 de un Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, llamado Reino de Yugoslavia (Eslavia del Sur) desde 1929. Los recelos de los croatas ante los serbios, encontraron un altavoz en el periódico Hrvatski Domobran (Ejército Croata) del Movimiento Juvenil Croata, de Branimir Jelić y Ante Pavelić. El cierre del periódico y la prohibición de todos los partidos nacionalistas en 1929 radicalizaron al grupo, que se exilió en Bulgaria y exigió la independencia en una declaración conjunta con nacionalistas macedonios. Desde 1932 iniciaron acciones terroristas, con la denominación Ustachá (insurgente, rebelde, que se aplicaba a la Rebelión Herzegovina de 1875).

 

La ocupación del Eje en 1941 (Alemania el Norte e Italia el Sur) permitió la proclamación de la independencia del Estado Independiente de Croacia, bajo la dirección totalitaria del poglavnik (caudillo, duce o führer) Pavelić, con el Ustachá como partido único, e incluso un rey nominal perteneciente a una rama lateral de la casa de Saboya (Roberto, rebautizado con el épico nombre de Tomislav II de Croacia, por el primer rey croata, del siglo X), que no llegó a pisar su territorio. El Ustachá se destacó por la intensidad del colaboracionismo y la emulación en las más dura represión, incluyendo el exterminio de judíos, gitanos, y serbios; e incluso de los propios croatas cuando se identificaban como comunistas o cristianos ortodoxos (la confesión mayoritaria, considerada nacional, era la católica). Se formó la Hrvatska Legija (Legión Croata) que combatió junto a los alemanes en el frente ruso, aunque los principales enemigos militares del estado croata fueron los partisanos serbios controlados por los comunistas. Su relación con los Chetniks (guerrilla monárquica, anticomunista y ultranacionalista serbia) fue más ambigua. Los Ustachá se dispersaron al final de la guerra, que trajo la formación de la Yugoslavia de Tito. Miles de ellos se refugiaron en Argentina, como el propio Pavelić, que se hizo consejero de seguridad de Juan Domingo Perón.

 

Albania

 

El liderazgo de Ahmet Zogu (que acabó reinando como Zog I), heredero de una dinastía regional de gobernadores hereditarios de Mati y líder de un Partido Reformista Popular de imprecisa ideología, ha de entenderse en función de la estructura social y económica preindustrial de Albania. Sólo puede considerarse próximo al fascismo por su dependencia colonial con la Italia de Mussolini, a la que se aproxima desde 1925. Se exilió en Londres ante la invasión italiana de 1939.

 

Eslovaquia

 

La incorporación de los Sudetes a Alemania y la posterior partición de Checoslovaquia hizo que fuera muy distinta la presencia política de fascistas o nazis locales en el protectorado de Bohemia y Moravia (que mantuvo un gobierno local considerado poco fiable por los nazis, y se administraba en la práctica con un gobierno militar alemán) y en la República Eslovaca (1939-1945), más afin a la ideología del III Reich, en la que los simpatizantes nazis locales gobernaban dirigidos por el sacerdote católico Jozef Tiso y el Hlinka (Unidad Nacional) o Partido del Pueblo Eslovaco, que desde 1939 era el único legal, junto con el Deutsche Partei (Partido Alemán, para los alemanes radicados en Eslovaquia) y el Partido Húngaro Unificado (para los húngaros). Dentro del partido, el Presidente Tiso representaba la tendencia más moderada, de marcado conservadurismo clerical católico, mientras que el Primer Ministro Vojtech Tuka y el Ministro del Interior Alexander Mach representaban la tendencia más similar al fascismo o al nazismo.

 

Finlandia

 

El Lapuan liike (Movimiento Lapua) fundado en 1929, fue un partido político de marcado nacionalismo y anticomunismo, heredero de los Guardias Blancos de la guerra civil finlandesa de 1918 y que fue radicalizándose hasta adquirir un claro carácter fascista. Sus líderes provenían de la ciudad de Lapua (Vihtori Kosola y el general Kurt Martti Wallenius). Intentó un golpe de estado en 1932 (la rebelión Mäntsälä), tras el que fue prohibido. Se reorganizó un nuevo partido denominado Isänmaallinen kansanliike (Movimiento Patriótico del Pueblo, IKL), que añadía el carácter integrista religioso del movimiento Herännäisyys de la región de Ostrobotnia. Incorporó la parafernalia fascista de camisas negras y organizó un movimiento juvenil (Sinimustat, liderado por Elias Simojoki, un sacerdote fanático de fuerte carisma). Se presentó a las elecciones de 1933 en alianza con el partido conservador, y en solitario en 1936 y 1939, sin alcanzar el poder. En 1938 se inició un procedimiento para su ilegalización, no concedida por los tribunales.

 

Tras las coyunturas críticas posteriores al pacto nazi-soviético (la Guerra de Invierno y la Paz de Moscú, 1939–1940), Finlandia se había visto obligada a apoyarse en Alemania para garantizar su independencia contra la Unión Soviética (Guerra de Continuación), de modo que se vio conveniente incluir al ILK en el gobierno de concentración nacional de 1941. Por el contrario, ya no se hizo lo mismo en el de 1943 (las circunstancias bélicas habían cambiado). A petición de la Unión Soviética, el ILK fue prohibido cuatro días antes del armisticio que puso fin a la guerra (19 de septiembre de 1944).

 

Estonia

 

La Eesti Vabadussõjalaste Keskliit (Unión de participantes en la guerra de independencia de Estonia, abreviadamente Vapsid y sus miembros vaps), dirigida por Andres Larka y Artur Sirk, nació en 1929 como una asociación de excombatientes y se fue convirtiendo en un movimiento político nacionalista y antiparlamentario que utilizaba un encuadramiento paramilitar y uniforme con boina negra. Más allá de eso, no presentaba otras similitudes con el fascismo, pues rechazaba el racismo y no tuvo contactos internacionales. Tras algunas intervenciones políticas, en el referéndum de 1933, fue prohibida como consecuencia de la declaración de un estado de emergencia. Se reconstituyó, acentuando sus características radicales y alejando a sus miembros más moderados, y fue definitivamente disuelta en 1935.

 

Letonia

 

Existieron algunos movimientos nacionalistas violentos en Letonia en los años 1930, caracterizados por el antesemitismo, el anticomunismo y, como rasgo especial, el antigermanismo, por el deseo de una pureza étnica letona. La Ugunskrusts (Cruz de Fuego, 1932), de Gustavs Celmins, fue enseguida ilegalizada, pero reapareció como la Pērkonkrusts (Cruz de Trueno). Su símbolo era equivalente a la esvástica y sus miembros llevaban un uniforme paramilitar de camisa gris y boina negra. Fueron nuevamente disueltos y su líder encarcelado tras el establecimiento de un régimen autoritario por el presidente Karlis Ulmanis. Más tarde, durante la ocupación alemana, Celmins y algunos miembros de la Cruz de trueno colaboraron con los nazis (el denominado Comando Arajs, de Viktor Arajs, que incendió una sinagoga en Riga y asesinó a miles de judíos y comunistas), mientras que otros se opusieron, incluso participando en la resistencia. Desaparecido el movimiento bajo la Unión Soviética, a la caída de ésta (1990) reapareció con un programa de Letonia para los letones más radical que el del gobierno independentista, y un intento de volar el monumento a los soviéticos liberadores de Riga. La mayor parte de sus dirigentes fueron detenidos y condenados a penas menores.

 

Lituania

 

El movimiento fascista lituano, denominado Geležinis Vilkas (Lobo de Hierro), se formó en 1927 y fue liderado por Augustinas Voldemaras. Disponía de una sección violenta (Tautininkai), que se empleaba contra sus enemigos políticos. Fue prohibido en 1930 y en 1934 intentó un golpe de estado contra el presidente Antanas Smetona, de tendencia autoritaria y anteriormente presidente honorario de ese mismo movimiento. En 1938 Voldemaras se exilió. Durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, muchos de sus dirigentes colaboraron con los ocupantes,89 aunque un movimiento nacionalista, anticomunista y antisemita de imprecisa ideología denominado Lietuvos Aktyvistų Frontas (Frente Activista Lituano, LAF), que llegó a formar un gobierno provisional en 1941, no obtuvo el reconocimiento alemán para funcionar como gobierno títere y se autodisolvió.

 

Polonia

 

El régimen de gobierno de Józef Piłsudski a través del Partido Socialista de Polonia durante la Segunda República Polaca fue en realidad una dictadura autoritaria bajo una fachada constitucional y democrática valiéndose de presidencias títeres como la de Stanisław Wojciechowski o Ignacy Mościcki. Sin embargo, su énfasis centralizador para mantener la independencia y unidad de Polonia, que logró en 1918 tras ciento veintitrés años de particiones, provocó que su relación con el nazismo fue más bien hostil, y que un movimiento de características similares al fascismo, Endecja (acrónimo de Narodowa Demokracja o Democracia Nacional), dirigido por Roman Dmowski, fuera decididamente reprimido. La ocupación alemana instauró un Gobierno General sin ninguna clase de gobierno títere con colaboracionistas locales: se pretendía teóricamente la futura germanización del territorio por colonos alemanes, una vez despejado de lo que se describía como razas inferiores (eslavos y judíos).

 

Europa Noroccidental

 

La zona más desarrollada económica y socialmente, también disponía de los regímenes democráticos más estables y arraigados. También es importante considerar que, o bien estaban entre los vencedores de la Primera Guerra Mundial, o bien habían sido países neutrales y pretendían seguir siéndolo. La aparición de movimientos fascistas o nazis pudo tener un desarrollo endógeno, pero su llegada al poder fue estrictamente dependiente de su ocupación o no por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, e incluso en ese caso, nunca ejerció un poder real sino estrictamente tutelado por ésta, cuando no se redujo a ser un simple enmascaramiento de la ocupación.

 

Suecia

 

El Nationalsocialistiska Arbetarpartiet (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores de Suecia) se formó en 1933 por Sven Olof Lindholm como escisión de un anterior Partido Nacional Socialista. Su sección juvenil se llamaba Nordisk Ungdom (Juventud Nórdica) Inicialmente funcionó como una total imitación del partido nazi alemán, identificándose en principio más bien con las ideas de Otto Strasser (más izquierdista que Hitler). Se fue distanciando paulatinamente de sus conexiones alemanas, adoptando desde 1938 un emblema diferente (el Vasakärven o haz de trigo emblema de los Vasa) y cambió su nombre a Svensk Socialistisk Samling (Unidad Socialista Sueca). Durante la Segunda Guerra Mundial, en que Suecia fue neutral, decayó su actividad, hasta su disolución en 1945.

 

Dinamarca

 

El Danmarks Nationalsocialistiske Arbejderparti (Partido Nacional Socialista de Dinamarca, DNSA), fundado el 16 de noviembre de 1930, mimetizó actitudes e ideología del partido nazi alemán. Fue liderado inicialmente por Cay Lembcke, y no pasó de tener unos cientos de seguidores, y unos resultados incluso menores en las elecciones de 1932. A partir de 1933 fue reemplazado por Frits Clausen, que concentró la actividad del partido en su región (Schleswig Norte).

 

Como la ocupación alemana de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial no alteró el sistema político local, ni siquiera llegó entonces a formar parte del gobierno de concentración, con presencia de todos los partidos excepto el comunista y el nazi. En marzo de 1943 hubo incluso unas elecciones en que los partidos partidarios de la ocupación fueron derrotados, y el 29 de agosto se disolvió el gobierno, declarando la ley marcial. El DNSA se disolvió en mayo de 1945, al terminar la guerra.

 

Bélgica

 

Léon Degrelle, impresionado por el grito de los contrarrevolucionarios mexicanos en la guerra cristera (Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe), fundó a su vuelta a Bélgica, en 1930, el movimiento Cristus rex o rexismo, que se extendió sobre todo en ambientes ultraconservadores católicos de la zona francófona (Valonia). Entre sus líderes estaban José Streel, Louis Collard y Victor Mathys.

 

En la zona neerlandófona (Flandes) se creó simultáneamente la Vlaamsch Nationaal Verbond (Unión Nacional Flamenca, VNV), fundada por Staf de Clerq en 1933. Su lema era Autoridad, disciplina y «Dietsland», siendo éste el nombre que proponían dar al estado pan-neerlandés a crear, excluyendo la zona de Valonia.

 

El rexismo se presentó a las elecciones a partir de 1936, obteniendo modestos resultados. Tanto él como el VNV fueron acentuando sus tendencias filonazis (totalitarismo, antisemitismo, admiración por Hitler), y recibieron apoyo financiero de Alemania. Con la ocupación, se convirtieron en la articulación del colaboracionismo, formando incluso dos unidades militares que actuaron en la guerra: la División SS Valonia y la Legión Flandes.

 

Se especula con la posibilidad de que ciertas características de los primeros libros de la serie de cómics Las aventuras de Tintín puedan ser calificadas de anticomunismo o racismo y sean debidas a la proximidad al rexismo de su autor (Hergé).

 

Holanda

 

El Nationaal-Socialistische Beweging in Nederland (Movimiento Nacional Socialista en los Países Bajos, NSB) fue un partido político fascista, que se fue desarrollando durante los años 1930 y se convirtió en el único partido legal durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, periodo en el que funcionó como una verdadera sucursal del partido nazi. Sus fundadores fueron Anton Mussert, que llegó a ser el líder, y Cornelis van Geelkerken. Basaba su programa en el fascismo italiano y el nazismo alemán, aunque hasta 1936 no se había declarado antisemita, e incluso tenía judíos entre sus miembros.

 

Noruega

 

Vidkun Quisling, líder del Nasjonal Samling (Unión Nacional, fundado en 1933), inicialmente de tendencia conservadora y religiosa y que había sido anteriormente ministro con el partido agrario, se presentó a las elecciones con muy escasos resultados. Evolucionó hacia posiciones miméticas con el nazismo a partir de 1935, aunque no pasó a ser un partido muy minoritario. Aprovechó la invasión alemana para dar un golpe de estado (9 de abril de 1940), pero los ocupantes prefirieron instaurar una gobernación militar que trataba a sus aliados locales con bastante recelo, mientras que la familia real se refugiaba en Inglaterra, donde se constituyó un gobierno en el exilio. Desde 1942 Quisling se incorporó al gobierno de la Noruega ocupada como ministro, y en 1943 alcanzó el rango de máximo dirigente. El nombre de Quisling pasó a ser sinónimo de «colaboracionista» y se usaba como adjetivo despectivo, sobre todo en la propaganda de los aliados y en la literatura posterior.

 

Francia

 

La extrema derecha en Francia tenía una prolongada tradición, que se remonta a la restauración monárquica de 1814, y se había visto alimentada desde 1871 con el miedo a la revolución proletaria (experiencia de la Comuna de París) y el revanchismo por la derrota en la Guerra Franco-prusiana (que incluía el irredentismo por la pérdida de Alsacia y Lorena). El añadido del antisemitismo a partir del Caso Dreyfus, terminó de constituir en determinados círculos sociales, políticos e intelectuales, una amalgama ideológica que puede considerarse como un claro precedente del fascismo. Este ambiente encontró su expresión en grupos como la Action Française, creada en 1898 por Maurice Pujo y Henri Vaugeois, y que se mantuvo como referente de la extrema derecha francesa bajo el liderazgo de Charles Maurras. Su fuerte personalidad fue determinante para centrar los elementos de la reivindicación de la personalidad tradicional francesa en la monarquía y el catolicismo (en ambos casos con un criterio totalmente utilitario: él mismo era agnóstico), y empujar al activismo callejero a la sección juvenil denominada Camelots du roi.

 

Ese grupo fue el principal, pero no el único: Croix-de-feu (Cruz de fuego) de François De La Rocque, Jeunesses Patriotes (Jóvenes Patriotas) de Pierre Taittinger, Le Faisceau (el Fascio) de Georges Valois —de explícita inspiración—, el Parti franciste (Partido o Movimiento francista) de Marcel Bucard, conocido por Chemises bleues (camisas azules) financiado por el fascismo italiano, y la Solidarité Française (Solidadridad Francesa) de François Coty, más próxima al nazismo alemán, que también usaba camisas azules y se distinguía por sus boinas negras. El más radical y violento fue La Cagoule o Comité secret d’action révolutionnaire (Comité secreto de acción revolucionaria) de Eugène Deloncle, fundado en 1935 con financiación y apoyo del empresario Eugène Schueller (dueño de L’Oréal). Infiltrado por la policía, muchos miembros fueron detenidos en 1937. Muchos de los otros movimientos fueron disueltos por una ley adoptada durante el gobierno del izquierdista Léon Blum (Frente Popular) en junio de 1936.

 

Durante el periodo de entreguerras, en el que la vida política de Francia se vio sometida a alternancias políticas pendulares entre el Bloque Nacional y el Cartel de las Izquierdas, en algún momento se temió que la radicalización de las posturas condujera a una salida autoritaria similar al fascismo, sobre todo desde la émeute sanglante (una manifestación de excombatientes que degeneró en violencia el 6 de febrero de 1934). No obstante, la mayoría social de Francia optó por salidas posibilistas que incluían el “pacto social” (acuerdos Matignon de 7 de junio de 1936, con el gobierno del Frente Popular). La comparación con la tragedia española que comenzó sólo un mes después (18 de julio de 1936) visibiliza el distinto grado de cohesión social en una y otra nación, que explica en buena parte que el fascismo no triunfara endógenamente en Francia. No obstante, muchos franceses tomaron partido apasionadamente por un bando u otro de la Guerra Civil Española.

 

Tuvo que ser la humillante derrota frente a Alemania (Batalla de Francia) la que hiciera llegar al poder a las fuerzas políticas más cercanas al fascismo. El territorio fue dividido en dos zonas: la primera directamente ocupada por el ejército alemán, el norte y el oeste, donde se organizó alguna organización para encuadrar a los franceses más afines ideológicamente (Mouvement social révolutionnaire —Movimiento social revolucionario— fundado en París en 1940 por Eugène Deloncle); y la segunda, el centro y sur, que se confió al mariscal Pétain; mientras que las colonias se decidían por el control alemán o por sumarse a la Francia Libre organizada en Londres por De Gaulle. Pétain en su zona, llamada Francia de Vichy organizó un État Français bajo el lema de Travail, famille, patrie (Estado Francés y Trabajo, Familia, Patria; en clara referencia contraria a la denominación République Française —’República Francesa’— y al lema revolucionario Liberté, Égalité, Fraternité —’Libertad, Igualdad, Fraternidad’—). Es discutible su clasificación como régimen puramente totalitario, dada la presencia en esta autodenominada Révolution Nationale de elementos muy diversos, que bajo de los planteamientos retóricos comunes, no ocultaban su personalidad diferenciada: desde los claramente fascistas (el Parti Populaire Français -Partido Popular Francés, PPF-de Jacques Doriot y el Rassemblement national populaire —Unión nacional popular— de Marcel Déat), pasando por los reaccionarios clásicos (Action Française, el clero conservador), hasta los reformadores posibilistas (tecnócratas, planistas —partidarios de la planificación económica—, personalistas demócrata-cristianos, los denominados no-conformistas de los años 30, la École des cadres d’Uriage, René Belin —el redactor de la Charte du Travail—), como ocurría simultáneamente en España con las llamadas familias del franquismo. Hubo incluso una unidad militar francesa que se envió al frente ruso, a semejanza de la División Azul española (la Légion des volontaires français contre le bolchévisme —Legión de los voluntarios franceses contra el bolchevismo—).

 

Península ibérica

 

España y Portugal se caracterizaban por un evidente atraso económico y social, y un cierto aislamiento. En los años 1920 se instauraron regímenes autoritarios (António de Oliveira Salazar y el general Miguel Primo de Rivera) que no ocultaban los paralelismos con el fascismo italiano. El caso español presentó violentos movimientos pendulares, con la Segunda República Española y la Guerra Civil Española, en que la intervención alemana e italiana en apoyo del bando sublevado fue decisiva en momentos clave, a pesar de la política de no intervención que intentaron mantener Francia e Inglaterra.

 

La pervivencia de los dos régimenes fascistas ibéricos se puede explicar también en parte por su aislamiento relativo de la escena europea y su oportunismo y capacidad de transformación. Fue decisiva su neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial y la posterior alineación con los Estados Unidos, que permitió el mantenimiento de ambos hasta mediados de los años setenta.

 

España

 

El denominado desastre de 1898 significó para España una frustración nacional equivalente a la guerra franco-prusiana para Francia o la Primera Guerra Mundial para Alemania e Italia. Se produjo una introspección negativa que se plasmó en un interminable debate intelectual sobre el Ser de España, mientras se ahondaban las fracturas internas (social, territorial y religiosa, lo que se ha venido en denominar las dos Españas) que llevaron a la Guerra Civil Española de 1936. La crisis del sistema político de la Restauración, un liberalismo controlado por la oligarquía y el caciquismo, se prolongó en medio de crisis periódicas (Semana Trágica de 1909, Crisis de 1917, Desastre de Annual de 1921) hasta que el ejército, con una trayectoria secular de intervención en la vida política, impuso al cirujano de hierro demandado por los regeneracionistas con la Dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930). Las soluciones económicas autárquicas y corporativistas, y el desprecio de las instituciones parlamentarias le asemejan al contemporáneo fascismo italiano, pero no se pretendió crear un estado totalitario y la decisión de instaurar algo semejante a un partido único (la Unión Patriótica, 1925) no llegó a pasar de un tímido intento. No se produjo una gran intensificación de la represión política ni social: la Organización Corporativa Nacional contó incluso con la colaboración del sindicato socialista UGT. Ante la pasividad de la mayor parte de la sociedad civil, la oposición estuvo organizada por grupos de intelectuales y los partidos republicanos. A la caída del dictador, el gobierno de transición que le siguió recibió el cómico nombre de dictablanda.

 

Durante la dictadura de Primo de Rivera, Ernesto Giménez Caballero comenzó a difundir la ideología fascista. Admirador de Mussolini, había visitado Italia en 1928. A su vuelta propagó lo que él llamó la “latinidad” militante. Admiraba Roma como la capital de la religión y del fascismo. Pero fue Ramiro Ledesma, que trabajó en la Gaceta literaria que editaba Giménez Caballero, quien un mes antes de proclamarse la Segunda República Española fundara la revista La conquista del Estado inspirada en su homónima italiana La conquista dello Stato, como él mismo dice, germen del fascismo español.

 

El día 14 de marzo de 1931, justamente un mes antes de proclamarse la república, comenzó a publicarse un semanario político. La conquista del Estado, en cuyos números se encuentran todos los gérmenes, las ideas y las consignas que luego, más tarde, dieron vida y nombre a las organizaciones y partidos de tendencia fascista que hoy conocemos

 

R. Ledesma ¿Fascismo en España?

En su tercer número reivindicaba “imponer violentamente su política”. El siguiente número, que salía el 4 de abril, fue retirado por la policía.

 

La Segunda República Española (1931) llegó en medio de una fiesta popular que rápidamente derivó en una intensificación de la lucha de clases y del resto de las contradicciones acumuladas.109 El 4 de junio La conquista de Ramiro Ledesma salía a la calle con la proclama: “¡Viva la Italia fascista! ¡Viva la Rusia soviética! ¡Viva la Alemania de Hitler! ¡Viva la España que haremos! ¡Abajo las democracias burguesas y parlamentarias!”.

 

Ramiro Ledesma fundó en 1931 las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista junto a Onésimo Redondo, primera organización política española de categórico cuño fascista. Las JONS aspiraban a desarrollar un nacionalismo revolucionario de tipo fascista que pudiera competir con la izquierda entre las clases bajas. Este grupo se caracterizaba por su nacionalismo radical (contra las autonomías regionales), la defensa del catolicismo (para Onésimo Redondo la religión era lo que para el nazismo la sangre aria) y el anticomunismo (que se expresaba contra el movimiento obrero anarquista y socialista).

 

Más adelante surgiría la Falange Española fundada por José Antonio Primo de Rivera. José Antonio, se interesaba ya a fondo en algo bastante parecido al fascismo (de cuño italiano) como vehículo capaz de dar forma y contenido ideológico al régimen autoritario nacional proclamado, con tanta inseguridad, como poco éxito por su padre. […] José Antonio no se mostró al principio opuesto a emplear la etiqueta de “fascista”. Según Payne, la Falange no se diferenciaba en ningún aspecto significativo con el partido de Mussolini. Llegando en casos a utilizar su misma retórica. En ese ambiente se mimetizaron y adaptaron los lemas y símbolos fascistas (saludo romano, camisa azul, yugo y flechas, etc.).

 

En febrero de 1934 la Falange de José Antonio se fusionó con las JONS de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma. El entusiasmo de este último por Hitler, su oratoria demagógica y su indudable proclividad a los procedimientos violentos convirtieron a las Juntas de Ofensiva Nacional–Sindicalista por él fundadas en el sector más radical de la Falange.

 

Algunos otros intentos se quedaron en proyecto, como el Partido Laborista de Eduardo Aunós. Otros partidos de posturas extremas tuvieron componentes más tradicionales (conservadurismo, clericalismo, monarquismo o tradicionalismo): el Partido Nacionalista Español de José María Albiñana, Tradición y Renovación Española y el Bloque Nacional de José Calvo Sotelo. Aunque la mayor parte de la derecha tuvo una posición más posibilista, representada por la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de José María Gil-Robles, sus juventudes actuaban como un grupo de disciplina casi paramilitar (Juventudes de Acción Popular, JAP, de Ramón Ruiz Alonso).

 

La Guerra Civil supuso para el bando sublevado la unificación de todos los partidos políticos en un único Movimiento Nacional (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista), que pretendía convertirse en el único cauce de participación en la vida pública y encuadrar todos los aspectos de la sociedad (Frente de Juventudes, Sección Femenina, Educación y Descanso) y de la economía, en un sistema corporativo (sindicato vertical). En lo político, la caracterización del modelo de gobierno de la dictadura del general Francisco Franco se ha hecho como fascismo (a secas o con distintos adjetivos: fascismo rural,1 fascismo clerical,) o como un régimen autoritario. Para otros no es un fascismo puro, sino un régimen típicamente reaccionario, que adoptó oportunistamente en sus inicios una fachada hitleriana-mussoliana y que pretendía la reproducción feudal.

 

Posiblemente la razón principal de su prolongada existencia en el tiempo fue la visión pragmática de Franco tanto hacia el exterior como en el interior. Sus relaciones internacionales pasaron de la alianza con el Eje durante la guerra civil a la neutralidad en la primera fase de la Segunda Guerra Mundial (benévola hacia el Eje pero manteniendo garantías hacia a los aliados). La invasión de Rusia provocó el reclutamiento de una División Azul que se reunió en el frente ruso con otras similares de los países satélites del nazismo. La derrota de Alemania condujo al aislamiento internacional, mientras se acogían en España a muchos de los líderes fascistas que huían de sus países (Degrelle, Pavelic, Otto Scorzeny, Hauke Pattist). Tras una durísima posguerra de autarquía y nacionalcatolicismo, el franquismo supo aprovechar la oportunidad que le ofrecía la Guerra Fría para superar su aislamiento mediante la alianza con los Estados Unidos desde 1953.

 

No se admitía oposición interna, pero se administraban salomónicamente cuotas de poder entre las distintas familias del franquismo (azules o falangistas, militares, carlistas, católicos, tecnócratas). En los textos legales y las proclamas políticas, la autodefinición de su régimen evolucionó de ser un Estado totalitario en los años treinta (Fuero del Trabajo de 1938, de clara inspiración fascista italiana) a un impreciso Reino en los años cuarenta (Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado de 1947) y una Democracia Orgánica en los sesenta (Ley Orgánica del Estado de 1967).

 

Portugal

 

La revolución del 28 de mayo de 1926, ampliamente apoyada por sectores civiles, instauró un régimen autoritario militar, que desde 1932 fue gobernado por António de Oliveira Salazar, un profesor universitario. Al año siguiente se aprobó una Constitución que concentraba el poder en la figura del presidente, manteniendo la ficción de elecciones y bicameralismo. El periodo de cuarenta años posterior recibe el nombre de Estado Novo. La similitud con el fascismo se marcó con mecanismos de encuadramiento social, como la Mocidade Portuguesa (para la juventud), o la Legión Portuguesa (organización paramilitar, que fue la única parte del régimen salazarista que adoptó y defendió abiertamente las intenciones de Hitler para Europa, frente a una postura oficial neutral o favorable a los aliados). También se imitaron mecanismos propios del corporativismo económico y social italiano. Un partido rival, con características similares al fascismo, denominado Movimento Nacional-Sindicalista (MNS) de Francisco Rolão Preto, conocido como Camisas azuis (camisas azules), mantuvo una relación confictiva con Salazar, que acabó disolviéndolo; lo que condujo a una revuelta fácilmente reprimida (10 de septiembre de 1935). Preto (que acusaba a Salazar de instaurar un régimen fascista) se exilió y la mayor parte de los nacional-sindicalistas se integraron en la União Nacional (Unión Nacional), que desde 1934 era el único partido que se presentaba en las elecciones.

 

El apoyo discreto al bando sublevado en la Guerra Civil Española dio oportunidad a Salazar para el mantenimiento de una alianza estratégica con el gobierno de Franco, que se denominó Pacto Ibérico (1942).

 

Países anglosajones

 

No fueron ocupados durante la guerra. La presencia de movimientos fascistas fue poco importante, a veces puramente testimonial. Su nivel de desarrollo económico y social era posiblemente el más avanzado del mundo. Sus sistemas políticos demostraron una gran estabilidad y capacidad de respuesta a las crisis económicas y sociales. La tendencia a desentenderse de los asuntos europeos de la opinión pública interna en los Estados Unidos (al mismo tiempo muy implicados económicamente en la burbuja financiera de créditos e indemnizaciones entre vencedores y perdedores de la Primera Guerra Mundial), y la insistencia en mantener la política de no intervención y de apaciguamiento por parte de la mayor parte de la clase política británica; determinaron que su capacidad de gestión de la coyuntura internacional fuera muy deficiente, y la respuesta bélica en la primera fase de la guerra muy poco eficaz. No obstante, su capacidad de resistencia y la preservación de su identidad democrática fue finalmente decisiva y exitosa. La alianza coyuntural con la Unión Soviética duró poco más de lo que tardó en terminar la guerra.

 

Reino Unido

 

La Unión Británica de Fascistas se creó en 1932. Nunca pasó de ser un grupo minoritario, aunque mantuvo actividades violentas contra judíos, sindicalistas y comunistas. Su sección de activistas se conocía como blackshirts (camisas negras) a imitación de los fascistas italianos, y fue prohibida en 1936. El partido entero fue ilegalizado en 1940, y su líder, Oswald Mosley, encarcelado durante todo el periodo de la Segunda Guerra Mundial.

 

Irlanda

 

Los Blueshirts (camisas azules) del Army Comrades Association (ACA), más tarde denominados National Guard (Guardia Nacional (Irlanda)) fueron un movimiento similar al fascismo, compuesto por veteranos del movimiento independentista (Irish Republican Army —IRA—, Ejército Republicano Irlandés) liderados por el general Eoin O’Duffy. Se fundó varios años después de la independencia, en 1932, y mantuvo enfrentamientos con otras organizaciones del movimiento nacionalista irlandés. El predominio ideológico del nacionalismo recientemente triunfante y un catolicismo fuertemente integrista caracterizaron la vida política y social de la Irlanda de entreguerras. Durante la Segunda Guerra Mundial Irlanda se mantuvo neutral.

 

Australia

 

La New Guard fue una organización paramilitar durante los años 1930s, e intentó derrocar violentamente al primer ministro de Nueva Gales del Sur. Tuvo miembros en distintas partes de Australia, pero sus socios y la base de apoyo predominantes estaban en Nueva Gales del Sur y en su capital, Sídney.

 

Canadá

 

El Parti national social chrétien, Canadian National Socialist Unity Party o Christian National Socialist Party (Partido Nacional Socialista Cristiano), fundado por Adrien Arcand en 1934, tenía una sección violenta, denominada Blueshirts (camisas azules) dedicada a agresiones callejeras a izquierdistas, inmigrantes y miembros de grupos raciales minoritarios. Su programa ultranacionalista era pan-canadiense, de integración de la comunidad francófona y la anglófona. También incorporaban el antisemitismo y la admiración por Hitler y el nazismo. Alcanzaron alguna representación electoral y una militancia de algunos miles de miembros, sobre todo en la zona de Quebec, Alberta y Columbia Británica. Fueron prohibidos en 1940, como otros grupos menores: la Canadian Union of Fascists (Unión Canadiense de Fascistas, vinculados al grupo británico de Mosley) y el Canadian Nationalist Party. Arcand volvió a intentar la unificación de estas corrientes bajo el nombre de National Unity Party (Partido de la Unidad Nacional) en 1949, con poco éxito electoral.

 

Estados Unidos

 

Existieron grupos fascistas durante la década de 1930. Por ejemplo, la Silver Legion (Legión de Plata) de William Dudley Pelley y el German American Bund o German American Federation (Federación Germano-americana) de Fritz Kuhn abiertamente apoyados por la Alemania nazi en esa época, y que funcionó como un lobby o grupo de interés y presión política. Al mismo tiempo, la radio católica acogía al padre Charles Coughlin, que comenzó a mostrar simpatía hacia el nazismo y un fuerte anti-semitismo. El American Nazi Party de George Rockwell fue un pequeño grupo en las décadas siguientes, que apoyaba el movimiento White Power (supremacismo blanco) y se oponía al creciente movimiento por los derechos civiles.

 

Se ha sugerido la similaridad con el fascismo de otras personas, organizaciones e instituciones: el gobernador y senador Huey Long fue acusado de implantar un régimen de mano dura en el estado de Luisiana. Las simpatías fascistas y el apoyo hacia Alemania e Italia de muchas de las familias más ricas de los Estados Unidos se apuntó en las cartas de William Dodd, embajador en Alemania, así como los pagos a periodistas por parte del magnate de la prensa William Randolph Hearst que propició artículos favorables hacia la Alemania nazi. La preocupación por cuestiones similares se reflejó en una novela semi-satírica: It Can’t Happen Here, (No puede ocurrir aquí) de Sinclair Lewis, publicada en 1935.

 

En 1933, se denunció una conspiración para derrocar al presidente Franklin D. Roosevelt mediante un golpe militar. Esta presunta conspiración, cuya existencia real es difícilmente demostrable, se conoció como el Business Plot (Complot de los Negocios), porque teóricamente involucraba a la élite industrial y financiera, cuyos intereses se suponían amenazados por la política del New Deal. Se desveló ante la opinión pública cuando el general de los marines retirado Smedley Butler testificó ante el Comité McCormack-Dickstein del Congreso que había sido tanteado por un grupo de altos intereses económicos, liderado por los imperios industriales DuPont y J. P. Morgan, para orquestar un golpe fascista contra Roosevelt.

 

Desde puntos de vista opuestos (tanto conservadores como izquierdistas), se ha propuesto que el mismo Roosevelt tomó prestadas ideas del fascismo europeo de los años 30, aunque tal cosa difícilmente puede determinar que se le califique a él o a su política de fascista. Es habitual comparar la cartelización de la industria italiana realizada por Mussolini y la que realizó Roosevelt en la industria estadounidense mediante la National Recovery Act. Los gobiernos fascistas solían adoptar políticas económicas favorables a los grandes negocios, buscando proteger y consolidar grandes empresas nacionales, favoreciendo a los principales empresarios con monopolios y oligopolios, en lo que se ha venido a denominar corporativismo. Alguna de las críticas a Roosevelt le acusan de haber emprendido políticas similares en la esperanza de que el esfuerzo combinado de la gran empresa sería capaz de sacar al país de la Gran Depresión.

 

Rusia

 

Con anterioridad a la Revolución de 1917 funcionó un grupo denominado Centenas Negras, que podría considerarse como un precedente del fascismo. Después, los partidarios del régimen zarista u opuestos a los bolcheviques y apoyados por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial formaron el Movimiento Blanco, que llegó a controlar amplias zonas durante un corto período en la Guerra Civil Rusa (1918-1922). Su programa ideológico, que se definía sobre todo por los círculos de emigrados rusos (muy activos en París y Londres), se basaba en el conservadurismo (en defensa económica de los intereses de terratenientes y burguesía; y religiosa de la Iglesia Ortodoxa Rusa -políticamente no había una definición tan clara, entre la autocracia zarista y la democracia representativa más al gusto de los aliados, pero siempre opuesta a los soviets-), el anticomunismo y el antisemitismo. El nacionalismo también era un rasgo muy evidente, sobre todo contra el internacionalismo proletario, y por razones obvias, se prefería nombrar a sus adversarios por el nombre de Komintern. No obstante, la rusificación de la Unión Soviética a partir de la época de Stalin, que utilizó extensamente los instrumentos movilizadores del nacionalismo y el antisemitismo, así como el culto a la personalidad, compitió con eficacia en esos campos (por ejemplo, al denominar la Segunda Guerra Mundial como Gran Guerra Patria).

 

Con efecto más militar que ideológico, durante la guerra existió un Movimiento de Liberación Ruso (Русское Освободительное Движение) e incluso un Ejército de Liberación Nacional Ruso del que fue parte fundamental fue la Brigada Kaminsky que combatió bajo las órdenes alemanas y llegó a gobernar la República Lokot o Autonomía Lokot (Локотскoe Самоуправление) en los óblast de Kursk y Oryol, dirigida primero por Konstantin Voskoboinik y tras su muerte por Bronislav Kaminski.133 En Serbia tuvo actividad un Cuerpo de Guardia Ruso en Serbia (Русский Охранный Корпус, Русский Корпус в Сербии, Russisches Schutzkorps Serbien).

 

En Manchukuo en 1930-1940-s actuado Partido Fascista Ruso, formado por inmigrantes rusos. Al mismo tiempo, en los Estados Unidos existen Organización Fascista Rusa, como compuesta de inmigrantes rusos.

 

En el periodo posterior al derrumbe de la Unión Soviética, en la Federación Rusa han aparecido movimientos y personalidades políticas de extrema derecha, que recuperan el antisemitismo y el nacionalismo exacerbado, como Vladímir Zhirinovsky y otros más minoritarios, incluso de estética neonazi.

 

Asia

 

Japón

 

La ideología japonesa que suele denominarse nacionalista, expansionista, imperialista o militarista, guarda cierta relación con el fascismo, además del hecho de que Japón formó parte de las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial y que la ocupación japonesa de extensos territorios en Asia permite de algún modo la comparación a la de los alemanes e italianos en Europa. Existió en los años 20 y 30 una organización dentro del ejército que pretendía instaurar un gobierno militar totalitario: la Kōdōha (Facción del Camino Imperial), que aunque nunca llegó a formar un partido político, sí intervino en política, e incluso intentó tomar el poder mediante fallidos golpes de estado entre 1934 y 1936. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial el peso del ejército incluso aumentó.

 

Existió un movimiento intelectual ultranacionalista, el Yuzonsha, en el que pueden encontrarse similitudes con los intelectuales fascistas europeos: sus representantes serían Ikki Kita, que evolucionó a un pensamiento cercano al fascismo en Un esbozo de plan para la reorganización de Japón (日本改造法案大綱 Nihon Kaizo Hoan Taiko, 1923) y Shūmei Ōkawa (Japón y el camino japonés, Nihon oybi Nihonjin no michi, 1926), cuyo pensamiento ha sido calificado de panasianismo. Ambos se involucraron en los intentos de golpes de estado, siendo ejecutado Kita y encarcelado unos años Ōkawa, que continuó popularizando la idea del inevitable choque de civilizaciones con Occidente, en que Japón debía asumir el papel de liberador y protector de Asia. Fue procesado como criminal de guerra de clase A por el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente.

 

El Taisei Yokusankai (1940), movimiento de encuadramiento político y social de tipo totalitario y militarista que presidió la vida japonesa hasta 1945, fue organizado desde el gobierno por el príncipe Fumimaro Konoe (cuyas influencias intelectuales provenían del filósofo socialista Hajime Kawakami, y que acabó suicidándose tras ser acusado de crímenes de guerra en los procesos posteriores a la derrota). Tenía entre sus fines reconstruir un nuevo Japón y completar un nuevo orden en la Gran Asia Oriental que, claro y evidente, es la construcción de un nuevo orden mundial. El general Hideki Tōjō, primer ministro desde 1941 hasta 1944, creó el Yokusan Seijikai (Asociación Política de Asistencia al Régimen Imperial) que convertía a Japón en un estado unipartidista. Tras un frustrado intento de suicidio, fue condenado a muerte y ejecutado en 1948.

 

China

 

El Kuomintang desarrolló una sección secreta, que actuó como una policía secreta y fuerza paramilitar, denominada de varias formas, entre ellas como Sociedad de Camisas Azules (藍衣社 en chino). Estuvo bajo la dirección de Chiang Kai-shek y sus miembros provenían inicialmente de la Academia Militar Whampoa. A través de ella se buscaba liderar el partido Kuomintang y la propia República de China con una cierta similitud con el fascismo europeo, que a veces se ha calificado de fascismo confuciano. El principal ideólogo, Liu Jianqun (劉健羣), había sido influido por lecturas sobre el fascismo europeo y escribió un panfleto titulado Algunas Opiniones Sobre la Reforma del KMT, donde, entre otros rasgos propios de los movimientos fascistas, proponía el uso de camisas azules para identificarse. Su influencia se extendió del sistema militar al político, y a la vida social y económica de la China de los años 1930. El auge y caída de la Sociedad de Camisas Azules fue rápido, aunque oscuro. En raras ocasiones se refiere la posibilidad de la continuación de sus actividades tras el establecimiento de la República Popular de China en el continente y la limitación del ejercicio del poder del KMT a Taiwán.

 

Líbano

 

El Partido de las Falanges Libanesas (en árabe حزب الكتائب اللبنانية Hizb al-Katā’ib al-Lubnaniyya), conocido como Kataeb (Falanges) fue fundado en 1936 por Pierre Gemayel, siguiendo los modelos italiano y español, entre los cristianos maronitas del Líbano. La dimensión ideológica del partido siempre fue menos importante que su componente identitario religioso, que aglutina a una comunidad nítidamente definida en la sociedad libanesa, segregada entre cristianos y musulmanes. Su lema es Dios, Patria y Familia. Su ideología es nacionalista, más particularmente fenicista (por la idealización del pasado fenicio), contraria al nacionalismo árabe. La situación de dependencia colonial de Francia llevó a la Falange a luchar junto con los también libaneses musulmanes sunitas. Tras la independencia, desde 1948 se alió con el nuevo estado de Israel para compensar el aumento de población musulmana por la llegada de refugiados palestinos. Tras sufrir varias escisiones sigue existiendo en la actualidad, y la familia Gemayel sigue liderándolo.

 

Sudáfrica

 

En 1938 se fundó dentro de la comunidad de afrikáner sudafricano el Ossewabrandwag (literalmente “Centinela del Vagón de Bueyes”, OB), un partido de inspiración nazi, con un grupo paramilitar denominado Stormjaers (Cazadores de tormentas). Durante la Segunda Guerra Mundial, en la que se oponían a ayudar a Inglaterra frente a Alemania, realizaron actos de terrorismo y algunos de sus dirigentes fueron encarcelados, pero el partido nunca llegó a ser prohibido. Tras 1945, varios de sus miembros pasaron a ocupar puestos de responsabilidad en el régimen del apartheid. En particular, John Vorster llegó a ser primer ministro de 1966 a 1978.

 

Latinoamérica

 

La cercanía cultural e idiomática hizo que para algunos grupos intelectuales y políticos desde los años treinta fuera más fácil la identificación con el nombre de la Falange Española que con el del fascismo italiano o el nazismo alemán, y surgieron movimientos con ese nombre en muchos países latinoamericanos, con muy distinta evolución a lo largo del tiempo.

 

Brasil

 

En Brasil hubo en los años 30 un movimiento similar al fascismo, la Ação Integralista Brasileira (Acción Integralista Brasileña, AIB) de Plínio Salgado, que sacó su nombre de un movimiento antiparlamentario, tradicionalista y monárquico de comienzos de siglo en Portugal, el Integralismo Lusitano. Utilizaba una adaptación de la parafernalia fascista: camisas verdes, el símbolo sigma (Σ) y el saludo romano con el grito Anauê! («¡Eres mi hermano!», en tupí). Su relación con Getúlio Vargas fue conflictiva, incluyendo un intento de golpe de estado en 1938, tras el que se desintegró el movimiento.

 

Colombia

 

En Colombia los cambios sociales de los años de 1920 (crecimiento de las ciudades, polarización social) se expresaron intelectualmente en un grupo denominado Los leopardos (Eliseo Arango, José Camacho Carreño, Joaquín Fidalgo Hermida, Augusto Ramírez Moreno y Silvio Villegas) inspirado en el monarquismo francés (Charles Maurras) que dio como resultado político una de las principales divergencias dentro del conservatismo colombiano en un sentido nacionalista. El grupo buscó inspiración histórica en Simón Bolívar y en Rafael Nuñez, más que todo en su pensamiento autarquico por parte del primero y el pensamiento católico por parte del segundo. Entre los políticos que se pueden considerar cercanos al grupo suele citarse a Alzate Avendaño. La cercanía de estos y otros grupos colombianos al fascismo italiano, el nacional-socialismo alemán o el falangismo y el franquismo español (por ejemplo, la Legión de Extrema Derecha de Bucaramanga); suscitaron un especial temor (particularmente en Estados Unidos) de que en Colombia se crease una Quinta Columna proclive a los intereses alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Como resultado se elaboraron listas negras que incluía a sociedades comerciales y personas naturales, la lista implicaba la imposibilidad de mantener relaciones comerciales, y se confinó en un campo de concentración en Fusagasugáa un buen número de personas destacadas por su ideología filofascista, incluyendo especialmente a inmigrantes italianos y alemanes.

 

Costa Rica

 

Desde los años treinta se gestó en Costa Rica un movimiento de simpatizantes del nacionalsocialismo alemán entre la nutrida comunidad de origen alemán, al punto que algunas fuentes aseguran que Estados Unidos consideraba a Argentina y Costa Rica como los países latinoamericanos con mayor cantidad de simpatizantes del nazismo. Se ha señalado la existencia de figuras simpatizantes del nazismo en altos cargos del poder político en las administraciones de León Cortés Castro y Rafael Ángel Calderón Guardia. Los simpatizantes del nazismo solían reunirse en el Club Alemán. En el año 2005 se encontró un monumento nazi en Cartago que data de los años treinta, construido en una zona montañosa de difícil acceso y sobre una fuente acuífera. Desde la declaración de guerra al Tercer Reich por Costa Rica (presidente Calderón Guardia, 1941), muchos ciudadanos y residentes de origen alemán e italiano fueron encarcelados y sus propiedades nacionalizadas, aún cuando la gran mayoría no tenía vínculos con el nazismo o el fascismo. Los orígenes doctrinarios del racismo o del sentimiento de superioridad racial europea en Costa Rica tiene orígenes anteriores. Entre otros autores de los que se han señalado posturas racistas se cuenta el destacado científico costarricense Clodomiro Picado Twight.

 

México

 

En México, sobre todo a partir de la crisis económica de 1929 que hacía para algunos colectivos menos aceptable lo que percibían como una gran presión migratoria, surgieron numerosos grupos de carácter ultranacionalista y xenófobo o racista (alguno particularmente antisemita, otro antichino), que se conocían como dorados o camisas doradas. Tuvieron una presencia puntual entre algunos colectivos de comerciantes. Se destacaron en enfrentamientos callejeros con sindicatos izquierdistas en 1935.

 

El sinarquismo mexicano, que combina el catolicismo con el anticomunismo, tiene al falangismo y al franquismo entre sus múltiples inspiraciones. Sus representante político, la Unión Nacional Sinarquista, fue importante a finales de los años 1930.

 

Además de este grupo autóctono, un grupo mimético del español, la Falange Española Tradicionalista se formó en México por empresarios españoles para oponerse a la influencia de los que apoyaban al Bando republicano durante la Guerra Civil Española, que alcanzaron un gran apoyo del presidente mexicano Lázaro Cárdenas, que facilitó la integración en México a los exiliados republicanos españoles. Este grupo no tuvo alcance más allá de los inmigrantes de origen español.

 

Otros países

 

Es objeto de controversia la identificación o no con el fascismo de movimientos muy opuestos entre sí: por un lado los que suelen calificarse de populismo (como el peronismo argentino, el APRA de Haya de la Torre en Perú, o el Estado Novo de Getúlio Vargas en Brasil); y por otro las dictaduras militares latinoamericanas que van desde la dictadura de Trujillo en la República Dominicana al Genocidio guatemalteco, pasando por el llamado Proceso de Reorganización Nacional de Argentina, la Dictadura cívico-militar en Uruguay, la dictadura de Pinochet en Chile o el régimen militar de Hugo Banzer en Bolivia. Los regímenes más prolongados en el tiempo fueron el somocismo de Nicaragua (1937–1979) y la dictadura de Stroessner en Paraguay (1954–1989).

 

Pervivencia del concepto hasta la actualidad

 

Neofascismo

 

El fascismo en sus expresiones más tradicionales resurgió en las décadas de los 80 y 90 del siglo XX bajo los nombres de neofascismo y movimiento neonazi, que en sus formas más marginales reproduce la estética retro y actitudes similares (violencia juvenil callejera). Como movimiento político de presencia institucional, en Italia apareció después de la Segunda Guerra Mundial bajo la forma del partido político Movimento Sociale Italiano (Movimiento Social Italiano, misinos), que con el tiempo buscaría una presencia más asumible por el régimen político democrático bajo el nombre de Alleanza Nazionale (Alianza Nacional) y se redefinió como postfascista, llegando al gobierno italiano (Gianfranco Fini, bajo la presidencia de Silvio Berlusconi, 1994).

 

Desde finales del siglo XX han aumentado las posibilidades electorales de los partidos que basan su propuesta política en distintas ofertas de dureza contra la inmigración y mantenimiento de la personalidad nacional. Además de en Italia, en varias democracias europeas la presencia de partidos de extrema derecha, o personalidades con un pasado nazi o fascista han llegado a ocasionar incluso problemas internacionales: fue el caso del escándalo por la llegada de Kurt Waldheim a la presidencia de Austria (1996) o la entrada en el gobierno del mismo país del Freiheitliche Partei Österreichs (Partido Liberal de Austria, FPÖ) de Jörg Haider en 1999. En los Países Bajos ocurrió un caso similar con la Lijst Pim Fortuyn (Lista Pim Fortuyn, LPF) en 2002. En Francia, la inesperada posibilidad de que Jean-Marie Le Pen (Front National, Frente Nacional) pudiera llegar a la presidencia de la República, llevó a una agrupación del voto de todo el espectro político de izquierda a derecha en su contra en las elecciones de 2002.

 

Fascismo de izquierda

 

El concepto, tal como fue utilizado originariamente por Jürgen Habermas, designaba a los movimientos terroristas de extrema izquierda de los años sesenta. En la actualidad su uso se ha extendido para calificar peyorativamente a cualquier ideología izquierdista (especialmente en Estados Unidos) y a los críticos del Estado de Israel (en los medios de difusión afines a ese país), de un modo similar al adjetivo «antisemita».

 

Fundamentalismos religiosos

 

El surgimiento en la escena internacional del fundamentalismo islámico a partir de la revolución iraní (1979) y su extensión a otras repúblicas islámicas, así como al terrorismo internacional, ha puesto de manifiesto la posibilidad de un totalitarismo de corte religioso, que emplea técnicas violentas de algún modo comparables al fascismo; para calificarlo peyorativamente se ha venido utilizando el adjetivo «islamofascismo», aunque tales movimientos ideológicos son bastante alejados entre sí. También es habitual señalar las similitudes con el fascismo de movimientos denominados fundamentalismo cristiano, que en algún caso se han llegado a denominar cristofascismo.

 

Uso extendido del adjetivo «fascista»

 

El adjetivo «fascista» se aplica con fines peyorativos de manera muy extendida en el lenguaje coloquial, y muy frecuentemente también en todo tipo de literatura, sobre todo a efectos polémicos o descriptivos, más allá de su adecuación o no a una estricta correspondencia con la ideología o los regímenes políticos fascistas. Se asocia con las posturas políticas de extrema derecha y las ideas y actitudes racistas, intolerantes o autoritarias; y al desprecio por el diferente, el marginado, el que no que piensa del mismo modo o las minorías.

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